Cuando llegué temprano a casa, Greg me recibió con una inusual amabilidad, pero un débil chasquido en el baño despertó mis sospechas. Nuestro matrimonio había perdido su chispa con los años. Aunque al principio Greg era encantador, pronto descubrí que siempre priorizaba a los demás y nunca quiso tener hijos. Nuestra relación se había vuelto monótona. Aquel día, su repentino interés por darme un masaje en los pies me pareció extraño. Luego, escuché el sonido en el pasillo y, al investigar, encontré un tubo de pintalabios desconocido en el baño. Antes de que pudiera procesarlo, un estornudo ahogado proveniente del dormitorio me puso en alerta. Al abrir el armario, vi a una mujer escondida, vestida con mi bata. Greg intentó explicarse, pero la evidencia era innegable. Con rabia, los eché a ambos de la casa. Sin perder tiempo, empecé a empacar las cosas de Greg y llamé a mi hermano para ayudarme. Cuando Greg volvió a pedir otra oportunidad, fui firme: nuestro matrimonio había terminado. Solicité el divorcio y, aunque el proceso fue doloroso, me reencontré conmigo misma. Redecoré mi hogar, pasé tiempo con mis seres queridos y, por primera vez en mucho tiempo, fui verdaderamente feliz. Su traición fue un golpe duro, pero también me dio la oportunidad de priorizarme y avanzar con fuerza hacia un futuro mejor.