La mamá afirmó que el hijo no es mío.

Aquí tienes la versión recortada de la historia: —¡Quiero hacer una prueba de ADN! —soltó Javier desde la puerta. Lucía, sorprendida, cerró el grifo. —¿Qué has dicho? —Que quiero hacerle la prueba de ADN al niño. Pablo cumpliría cuatro años pronto, y Javier nunca había mostrado dudas. —¿Por qué ahora? —preguntó Lucía. —¡No se me parece en nada! Yo soy rubio, y él tiene el pelo oscuro. —Mi abuelo era igual —replicó ella. —Se parece a tu compañero de trabajo, Raúl —acusó Javier. Lucía rió, incrédula. Raúl era calvo y bajito. —Mi madre y mi hermana me advirtieron que negarías todo —insistió él. Todo encajaba: la familia de Javier siempre la había despreciado. —Hagamos la prueba —aceptó ella—, pero si eres su padre, nos divorciamos. Javier vaciló, pero accedió. La espera fue tensa. Javier evitó a Pablo. Cuando llegaron los resultados, Lucía le mostró el móvil. —¡Es mío! ¡Hay que celebrarlo! —dijo él, aliviado. —Sí —asintió ella—. Y también nuestro divorcio. —¿Divorcio? ¡Fue solo una duda! —Elegiste creerles a ellos. Adiós, Javier. Él suplicó, pero Lucía no cedió. Meses después, al verlo marcharse, solo sintió lástima por la próxima mujer que enfrentara a su suegra.