Cuando su marido le propuso vender su querido apartamento para financiar una casa a nombre de su madre, ella aceptó a regañadientes, solo para seguirles el juego. Lo que Jack y su suegra no imaginaban era que su traición desencadenaría un plan. El apartamento era su sueño, su independencia hecha realidad. Pero cuando se casó con Jack, él y su madre, Linda, comenzaron a interferir cada vez más en su vida. La gota que colmó el vaso llegó en una cena familiar, cuando Jack anunció, con el apoyo de su madre, que venderían su apartamento para comprar una casa a nombre de Linda. Aunque sintió una rabia inmensa, sonrió y aceptó la idea. Sabía que algo tramaban, y pronto lo confirmó: Jack planeaba divorciarse de ella en cuanto lograran la compra. Entonces, decidió adelantarse. Convenció a Jack de firmar un poder notarial y, sin que él lo supiera, vendió el automóvil y la cabaña, transfiriendo el dinero a una cuenta segura. Luego, empacó sus cosas, presentó la demanda de divorcio y le entregó los papeles en su oficina. Jack y Linda estallaron de furia, pero ya era tarde. Su apartamento seguía siendo solo suyo, y ellos se quedaron con nada. Ahora, con más dinero y libertad, busca un nuevo hogar. Jack y Linda pueden quedarse con su “gran casa familiar”. Se tienen el uno al otro… y a nadie más. El karma es algo hermoso.