Aquí tienes la versión recortada de la historia: Howard llevaba una vida solitaria cuando una inesperada llamada a su puerta lo sacó de su rutina. Al abrir, encontró a Kira, su primer amor, sosteniendo una caja roja desgastada. “Tenía que haberte dado esto hace tantos años”, dijo ella con la voz temblorosa. Los recuerdos lo golpearon con fuerza: su juventud juntos, la promesa de un futuro compartido, y la noche en que ella le confesó que se mudaba a Alemania. Kira prometió escribirle, pero él nunca recibió nada. Con el tiempo, aceptó su pérdida y siguió adelante, o al menos eso creía. Tembloroso, Howard abrió la caja. Dentro había una carta amarillenta y, debajo, un test de embarazo positivo. “Kira…”, susurró, su voz quebrándose. Ella explicó que su madre nunca envió la caja y que, creyendo que Howard la había abandonado, crió sola a su hijo. “¿Un hijo?”, preguntó Howard, con el pecho oprimido. Kira asintió y señaló hacia un automóvil estacionado. Un hombre de unos cuarenta años salió y se detuvo frente a él. “Hola, papá”, dijo con una sonrisa tímida. Las lágrimas brotaron de los ojos de Howard mientras lo abrazaba con fuerza. Había encontrado lo que nunca supo que había perdido. Kira lo invitó a mudarse con ellos a Portland, a conocer a su nieto. Howard miró su hogar por última vez, y luego a su familia recién descubierta. “Sí”, dijo con una sonrisa. “Me gustaría mucho”.